¡Empezamos año nuevo! Terminamos esta época de regalos, comidas, cenas y en ocasiones, política familiar. Espero que todos los lectores del blog viváis un año de diversión y nuevos retos. Quería hacer un regalo por año nuevo, pero ya que mis recursos no son muchos y no me interesa el consumismo, ¿por qué no regalar algo un poco más original? ¿Por qué no regalar… una sinestesia?

En los últimos cincuenta años, las sinestesias pasaron de ser una curiosa característica de algunas personas a ser un fenómeno neurológico estudiado por diferentes grupos de investigación. El principal descubridor de la sinestesia a nivel neurológico es Vilayanur S. Ramachandran, el cual se molestó en comprobar si la gente que decía sentir olores en la música o ver las letras de otro color realmente lo estaba haciendo.

El motivo por el cual la sinestesia estaba tan infravalorada en la sociedad científica era lo extraño del fenómeno y el escaso número de pacientes. Los sinestésicos son personas que cruzan estímulos del exterior, mezclándolos en su percepción. Así, existen sinestésicos que ven colores en las notas musicales, en cada letra de un libro o incluso son capaces de sentir tristeza o alegría ante un color concreto.

Curiosamente, los sinestésicos sufren su condición desde pequeños, pero la mayoría no son conscientes de su sinestesia hasta la adolescencia, cuando se dan cuenta que el resto de personas no vemos el mundo como ellos. Por eso, Ramachandran cuenta en su libro Fantasmas en el cerebro que reclutaba sinestésicos para sus estudios paseando por las clases universitarias con la frase: “Quiero comentar que en este mundo en el que vivimos las letras y números de los libros no tienen colores, ni somos capaces de ver el color de la música. Si alguien piensa que estoy equivocado y sí que puede hacerlo, que pase por mi despacho”. Después de unas semanas de búsqueda, dos alumnas acudieron a su despacho con la sinestesia más común de todas: la sinestesia grafo-color, en el cual cada letra o número que se lee tiene un color asociado. Que fueran alumnas y no alumnos tampoco es casualidad, porque al igual que pasa con los zurdos, por algún motivo desconocido hay más sinestésicas que sinestésicos.

Ramachandran comprobó que las sinestésicas no se imaginaban estos colores, ya que podían distinguir un tres en un dibujo lleno de ochos con un simple vistazo gracias a la distinción de colores, cosa bastante complicada para nosotros. Este estudio fue el comienzo de una serie de investigaciones sobre los sinestésicos y la búsqueda del origen neurológico del fenómeno.

Mientras nos movemos por el mundo, nuestro cerebro recoge e interpreta los estímulos externos a través de áreas especializadas en el sonido, la vista, el olfato, etc. Luego varias áreas cerebrales, entre ellas la corteza asociativa, el tálamo y el cuerpo calloso, son capaces de unir toda esta información separada y crear una ilusión de realidad en la que vivimos. Sabemos esto porque si estas regiones fallan nuestra percepción de realidad varía y la información de los diferentes sentidos deja de estar sincronizada e interrelacionada. En el año pasado apareció el caso clínico de un hombre con microlesiones en el cuerpo calloso, una de estas áreas asociativas, provocando que la información visual y sonora estuviera desincronizada, percibiendo el mundo como una película mal doblada.

Los últimos estudios muestran que los sinestésicos tienen alteraciones estructurales en la corteza asociativa, provocando asociaciones adicionales entre sentidos y cambiando su realidad. Por ejemplo, en algunos sinestésicos al percibir un olor se acaban activando regiones del área de la vista, dando una respuesta adicional. Según las conexiones adicionales se producen las diferentes sinestesias.

Ahora, pasemos al regalo navideño. Dije que voy a regalar una sinestesia, pero lo cierto es que voy a recordar las sinestesias que ya tenemos todos. Sí, todos, porque aunque un sinestésico tenga conexiones anómalas entre sentidos, todos poseemos conexiones adicionales que aunque no sean obvias a simple vista nos ayudan a percibir una realidad más rica en detalles de la que daría la simple suma de los sentidos.

  • El efecto bouba-kiki

Este es el ejemplo más clásico de sinestesia cotidiana. Entre estas dos figuras, ¿cuál crees que se llama kiki y cual se llama bouba?

BoobaKiki

Un 95% de la población asigna kiki a la primera figura y bouba a la segunda. Quizá pienses que es una relación inconsciente entre las formas cortantes de la k o la forma redondeada de la b, pero esta prueba tiene el mismo efecto en Japón y en otros países con escrituras muy diferentes para kiki y bouba. Parece que el origen de este efecto, descubierto en 1929 por Wolfgang Köhler reside en el mismo comienzo del lenguaje en el ser humano. Los sonidos que producimos por nuestra boca tienen un ligero efecto sinestésico en los otros sentidos. Los sonidos como “k” son percibidos como cortantes y fuertes debido a la contracción rápida de la respiración que hacemos al pronunciarla. En cambio el sonido “b” es más continuado y se percibe como más suave. Por este motivo acabamos asociando kiki al cortante y bouba a la figura contínua. Es probable que este tipo de asociaciones influyeran a la hora de asignar el alfabeto a cada sonido, y posteriormente influyera al nombrar conceptos por primera vez. Pensemos en “hipo” o “estornudar”, que suenan parecido en otros idiomas y que imitan al proceso que definen.

  • Ver el hormigueo de la pierna

Tenemos más de los cinco sentidos que nos enseñan en la escuela. No todos nuestros estímulos son externos ni están formados por luz o sonido, sino que también interpretamos los estímulos internos de nuestro cuerpo, como el dolor o el hambre. Nuestros estímulos internos están tan bien definidos que somos capaces de asignar adjetivos como dolor perforante o hambre intermitente. A veces, aunque no logremos definir adjetivos para un sentimiento interno, sí que podemos compararlos con otros estímulos externos, provocando una sinestesia artificial. Si no me crees, este gif debería quitar cualquier duda.

gif hormigueo
CUANDO TE SIENTAS EN UNA POSICIÓN EXTRAÑA DURANTE MUCHO TIEMPO Y TE MUEVES, TU PIE SE SIENTE ASÍ
  • Oyendo sonidos imaginarios

A nuestro cerebro le conviene percibir la realidad como algo más que una suma de sentidos independientes, ya que le permite realizar “atajos mentales”. En la naturaleza un movimiento siempre suele ir acompañado de un ruido. Si reaccionamos más rápidamente a estos estímulos, podríamos escapar más rápidamente a la llegada de un depredador, por ejemplo. Este tipo de atajos eran tan útiles para la supervivencia de nuestra especie que permanece como una sinestesia en la actualidad. A veces este efecto es tan fuerte que somos capaces de oír sonido de algo que no lo produce, pero nuestro cerebro lo imagina gracias al movimiento, como sucede en esta imagen.

Realmente no suena nada (compruébalo cerrando los ojos), pero nuestro cerebro interpreta un sonido porque toda la escena invita a pensar que lo hay.

¡Feliz año y feliz llegada al trabajo!

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