La resistencia del cerebro me pareció una de sus propiedades más increíbles cuando empecé a estudiarlo. En mi ignorancia pensaba que el cerebro era indefenso: blandito y muy fácil de lesionar en comparación a los huesos y los músculos. Además, pensaba que un daño en él ya producía la muerte instantánea, y creo que hoy en día mucha gente tiene esta misma idea. En realidad nuestro cerebro es sorprendentemente robusto. En la mayoría de casos clínicos de este tipo se observan lesiones cerebrales considerables, como heridas de bala o extracciones de regiones enteras, que no significan la muerte, sino que el cerebro se las arregla para sobrevivir con lo que tiene. Se puede decir que aunque el cerebro no sea resistente físicamente, sí que es capaz de mantenerse funcionando casi pase lo que pase. En este artículo hablaremos del truco que usa nuestro cerebro para “ser un hueso duro de roer”, y las ventajas e inconvenientes de su cabezonería. Pero antes, tendremos que hacer una pausa para hablar de un tema aparentemente diferente: la red eléctrica.

La electricidad no era un descubrimiento muy popular a comienzos del siglo XIX. Se había ideado como una fuente de energía útil en la industria que podría competir contra el vapor y la energía hidráulica, pero la idea de tener electricidad en todas las casas se antojaba muy peligrosa para el público general. Tras inventar la bombilla y otros electrodomésticos eléctricos, Thomas Alva Edison diseñó un sistema de red eléctrica para que todas las casas pudieran tener un acceso eléctrico, pero el sistema casi fracasó estrepitosamente debido a un problema de cableado.

Imaginemos que queremos dar corriente eléctrica a un pueblo con cinco casas. Si queremos ahorrar una gran cantidad de cable (que era la mayor prioridad ya que en esa época aún era caro) la mejor opción es conectar todas las casas de manera continua haciendo un circuito cerrado con el generador eléctrico.

conexion1
Conexión simple entre casas.

Los primeros “pueblos piloto” con electricidad fueron conectados de esta manera, el problema era que todas las casas tenían electricidad hasta que algún punto del cable se rompía. En ese momento, como todas las casas estaban conectadas entre sí, el apagón se extendía automáticamente a todo el pueblo. Y cuanto más grande era el pueblo, se necesitaba más cable y podía estropearse antes, haciendo que los apagones generalizados fueran más frecuentes (este mismo problema sucede actualmente con las luces del árbol de Navidad, que también están conectadas en serie, y en las cuales el fallo significa el malfuncionamiento de todas).

Por supuesto una solución era conectar cada casa individualmente al generador eléctrico, así cada casa se conectaba a la fuente principal, y si se rompía el cable, solo se apagaba una casa. Pero esta opción requería una cantidad de cable prohibitiva incluso hoy en día.

Estos inconvenientes retrasaron la aparición de la electricidad doméstica en las grandes ciudades hasta los esfuerzos de otro ingeniero obsesionado con la electricidad: Nikola Tesla. Tesla ideó otro sistema eléctrico compatible con las grandes ciudades y que provocaría apagones menos frecuentes y en menos casas. La clave era la manera de conectar las casas con el generador. En vez de conectarlos en serie, Tesla diseñó estructuras eléctricas interconectadas, que conectaban las casas entre ellas y con el generador siguiendo un patrón complejo a simple vista:

conexion2
Interconexión compleja entre casas.

Con este sistema, un fallo de un cable no significa un apagón generalizado, sino la pérdida de luz en sólo un par de casas. Además, viendo donde se produce el apagón es posible deducir el tramo de cable que está afectado y repararlo. Este fue el comienzo del sistema eléctrico moderno del cual dependemos tanto hoy en día, y que aún sigue el mismo tipo de estructura. Por eso los apagones están aislados en barrios concretos sin afectar a los vecindarios circundantes.

Y llegados a este punto os preguntareis por qué rayos hablo del sistema eléctrico. La respuesta es simple: el diseño de conexión de Tesla es muy parecido a la estructura de conexión que tienen las neuronas entre ellas en nuestro cerebro, algo que ni se sospechaba en la época de Tesla. Las ventajas del sistema de conexión son las mismas: interconectar las neuronas es el mejor método para garantizar que el sistema no se apague por completo cuando se produzca un error y no se “malgasta” demasiado material biológico. Es posible que los cerebros primitivos fuesen más simples y parecidos a las primeras redes eléctricas, pero estas interconexiones “tipo Tesla” fueran favorecidas a lo largo de la evolución, ya que el animal que tuviera el circuito adecuado lograría sobrevivir a más daños cerebrales sin morir de manera inmediata.

Gracias a estas interconexiones nuestro cerebro es capaz de sobrevivir a innumerables lesiones. Un ejemplo es el caso de Phineas Cage, un oficial de ferrocarriles cuyo cerebro fue atravesado por una barra de metal. También en los pacientes epilépticos los cirujanos extraen pedazos bastante grandes de cerebro con la esperanza de extirpar el foco epiléptico. En todos estos casos, los pacientes no mueren. Eso no quiere decir que estas lesiones no tengan consecuencias, con cada lesión el cerebro pierde habilidades y puede funcionar de manera anómala, provocando, según el área dañada, toda una colección de síntomas (desde ceguera hasta cambios de personalidad). Sin embargo la desconexión completa del cerebro no se da tan fácilmente. Un cerebro no se apaga automáticamente como las luces de Navidad, sino que sólo se apaga el área afectada haciendo que el resto del cerebro pueda seguir funcionando de manera independiente.

Aun así, sí que existen regiones cuyo daño significa la muerte del paciente, aunque realmente no están en el cerebro, sino en otra estructura nerviosa independiente: el bulbo raquídeo. Esta estructura está situada a la altura de la nuca, debajo del cerebro, y está encargada del control y la regulación de nuestra respiración y ritmo cardíaco. Dañar esta región supone la muerte instantánea sin remedio, probablemente por este motivo esté más escondido en nuestro cuerpo. La única manera de acceder es a través de la inserción de un objeto afilado en la nuca, que es precisamente lo que hace el matador cuando quiere sacrificar al toro.

bulbo raquideo
Bulbo raquideo marcado en rojo. Este área controla la respiración y el pulso. Dañarla significa la muerte.

Pero un cese inmediato de la actividad sanguínea y respiratoria no siempre detiene a nuestro cerebro tan fácilmente. Nuestro cerebro funciona tan bien que incluso existe un periodo de tiempo en el cual se niega a perder la partida… lo que paradójicamente está planteando problemas a los médicos. Un estudio reciente realizado por médicos españoles comprobó que al realizar un EEG en pacientes clínicamente muertos (es decir, sin funciones respiratorias ni pulso) aun presentaban ondas cerebrales durante las horas siguientes a la parada. Estas ondas cerebrales no se parecen a las que tenemos cuando estamos vivos, sino que son mucho más tenues y dispersas. En ese momento el cerebro ya no actúa como un “todo” generando nuestra conciencia y a nosotros mismos, sino que estas ondas son generadas por las últimas neuronas vivas de nuestro cerebro, las últimas conexiones que aún funcionan de manera automática a pesar de que todo su entorno ya se haya apagado. A pesar de todo, estas últimas conexiones nunca logran ganar la partida: todos los pacientes que llegan a tener esta señal mueren, sin que haya existido ningún caso de recuperación “milagrosa”. Esto crea problemas legales, ya que en esas ultimas horas de desconexión los médicos no pueden empezar el proceso burocrático para la donación de órganos (ya que legalmente el paciente no está muerto hasta que su cerebro no tenga actividad), perdiendo unas horas valiosas para los receptores vivos y aumentando el sufrimiento de los familiares. Por eso, en el estudio se plantea la posibilidad de comenzar el papeleo en el momento de esta “actividad moribunda”. Así, mientras el cerebro hace sus últimos procesamientos el médico comienza los papeles y la donación se podría producir casi justo después de la desaparición de la señal cerebral (cuando la muerte es completa), asegurando la máxima viabilidad en los órganos.

En resumen, nuestro cerebro no se rinde nunca. Tanto que es capaz de reorganizarse si sufre daño y busca la manera de seguir adelante con lo que pueda. Incluso se resiste a morir. Es bueno saber que tenemos una estructura cerebral tan obsesionada por nuestra supervivencia. Quizá deberíamos cuidarnos y no decepcionarla.

Anuncios