La paciente entró en la consulta del neurólogo, con la esperanza de que esta vez sí lograrían solucionar su problema. Miró al doctor, era un hombre mayor, de barba blanca y rostro amigable. Había llegado el momento de contarle en persona los síntomas de los que le hablaba en su carta. De repente la cara del médico se fue volviendo borrosa hasta que quedó sólo una sombra negra. Al apartar la mirada y volver a mirar estaba observando una cara diferente, ahora el neurólogo tenía el rostro de un dragón, con escamas, un enorme hocico y unos ojos grandes y amarillentos con pupilas rojas como el fuego. La paciente no sintió ninguna sorpresa al ver el cambio de rostro.

Llevaba viendo lo mismo durante 50 años.

Este es uno de los últimos casos dirigidos por el neurólogo Oliver Sacks antes de retirarse debido a su cáncer terminal. Sacks es un neurólogo especializado en el tratamiento de los casos clínicos más extraños. Siempre ha tratado de dar con la medicación adecuada para el paciente y a la vez formular teorías sobre el funcionamiento del cerebro (ya que si somos capaces de entender cómo falla un cerebro podemos buscar pistas sobre cómo debe ser su funcionamiento normal). Aunque este caso clínico sea del año pasado y haya sido comentado de pasada por la prensa, aprovechemos para entender un poco mejor por qué la paciente veía dragones.

La paciente, de 52 años, llevaba sufriendo estas alucinaciones desde la infancia, pero no fue hasta la adolescencia que no empezaron a empeorar los síntomas. Y, lo que fue peor, se dio cuenta de que era la única que veía rostros de dragones en el resto de la gente. Esto le provocó una fuerte depresión e incluso cayó en el alcoholismo, aunque con el tiempo logró sacarse los estudios, casarse y hasta tener un hijo. Mientras, fue pasando de un neurólogo a otro, tratando de que entendieran su condición y lograran solucionarlo.

reptiliano
La descripción de la paciente incluye rasgos complejos, como escamas y ojos brillantes. El rostro es similar a un dragón o a un reptiliano.

El trastorno de la paciente tiene un nombre complicado de pronunciar: Prosopometamorphopsia, que se puede traducir literalmente en “transformar las caras”. Ver las caras de la gente como las de reptiles había sido el síntoma persistente, pero la paciente había sufrido periodos de empeoramiento en los que veía caras de dragones en todas partes: en las paredes, en la pantalla del ordenador, en la oscuridad al cerrar los ojos…

Diferentes neurólogos le hicieron una enorme batería de pruebas neurológicas: EEG, escáner de resonancia y funcional, pruebas psicológicas, pero todos los resultados fueron normales. No encontraban nada que pudiera explicar estos síntomas, así que la solución que muchos tomaron fue derivar a la paciente a otro neurólogo que tuviera alguna idea o clasificarlo como síntoma psicológico (y derivarla a un psicólogo que tampoco sabía qué hacer). En alguno de estos hospitales, la paciente escuchó hablar de Oliver Sacks y contactó con él para recibir ayuda. Se le retiró toda la medicación pautada por los anteriores neurólogos, y tras un par de intentos se le suministró un medicamento llamado rivastigmina, recetado en casos de demencia. Al tomar el medicamento la paciente pudo vivir el primer día de su vida sin síntomas.

¿Qué le pasaba a la paciente? Bueno, no se sabe, como hemos dicho los resultados eran normales, pero se han elaborado diferentes teorías. La paciente tuvo sus alucinaciones desde pequeña, así que probablemente se debiera a un problema en el desarrollo temprano del cerebro. Cuando el cerebro se estaba desarrollando, algún tipo de estructura tuvo que tener pequeños fallos que pasan desapercibidos en los escáneres pero que afectan a su funcionamiento. Y todo apunta a un área en concreto, el giro fusiforme.

La función del giro fusiforme es muy sencilla: reconocer rostros. Esta área cercana a la corteza visual se activa sólo cuando observamos un rostro o algo que se le asemeja (como una tostada con la cara de Jesús). Por lo que se ha visto en algunos estudios, se cree que esta área se encarga en realidad de la interpretación fina de pequeños movimientos y detalles, y que acaba especializándose en las caras por necesidad: reconocer los pequeños movimientos faciales de otras personas nos aporta mayores ventajas para sobrevivir que, por ejemplo, ver los pequeños remolinos que se forman al agitar el café. Esta sensibilidad es tan alta que si nos encontramos a gente con rasgos ligeramente diferentes a los que estamos acostumbrados nos cuesta mucho más diferenciar sus rostros, como sucede entre asiáticos y occidentales.

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Un caso de pareidolia. Nuestro giro fusiforme se activa ante el parecido con una cara.

También hay estudios que demuestran que si esta región está dañada, o si simplemente la inhibimos mediante estimulación magnética, se produce un síntoma llamado Prosopagnosia, que es la incapacidad de reconocer rostros humanos o distinguirlos en una imagen. También se ha producido el caso contrario: si se sobreestimula (por ejemplo, en un ataque epiléptico) pasaremos a tener alucinaciones en las que aparecen rostros desconocidos de la nada, como precisamente le pasaba a la paciente.

Todo esto indica que la paciente debe tener afectado el giro fusiforme, por eso la alucinación se manifiesta sobre las caras y no en el resto del cuerpo. Pero, tenemos que plantear otra pregunta: ¿Por qué dragones?

Las escamas, el hocico, los ojos grandes y de color diferente… son características visuales complejas. En las crisis epilépticas del giro fusiforme las caras que aparecen están deformadas, pero de manera grotesca y simple, como un diente extremadamente grande o una boca muy pequeña. Que los rostros se vean siempre como dragones es algo mucho más inexplicable para los neurólogos. Como la corteza visual está cerca del giro fusiforme, es posible que estas distorsiones en forma y color sean debidas a conexiones anómalas entre las dos estructuras y que la paciente lo haya relacionado con un dragón. Otra posibilidad es que sean alucinaciones pedunculares, similares a un sueño, como comentamos en el caso del Niño que venció a Voldemort.

Pero todo esto son suposiciones. Es probable que nunca sepamos exactamente qué le pasa a la paciente. Lo importante es su mejoría. Ya ha pasado un año desde que está recibiendo este tratamiento, y ha logrado reordenar su vida y reconciliarse con su familia. La hora de domar dragones ha terminado.

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