Tener disponible una gran cantidad de información no sirve de nada si no sabemos interpretarla. Cuando se descifró el código genético al completo pudimos acceder a la totalidad de genes del ser humano… pero no sabíamos en qué enfermedades estaban implicados cada uno de ellos. Hoy en día se siguen descubriendo nuevas mutaciones en genes ya conocidos, e incluso nuevos genes, todo a partir de la lectura de un código obtenido hace ya dos décadas.

Un problema similar sucede con el uso de pulseras con podómetro o GPS que nos permiten estimar el número de pasos que damos a lo largo del día. Toda la información se registra y almacena (normalmente en nuestro teléfono móvil) para saber, por ejemplo, que cada día damos una media de 8000 pasos o que dormimos una media de 7 horas diarias.

Y ya está. No hay mucho más. Estas pulseras (que hasta hace un tiempo eran bastante caras) no aportaban una información fácilmente interpretable, solo aparentemente valiosa debido a la cantidad de la misma. Cada vez que leo noticias de tecnología en los que se comparan pulseras se centran en su precisión, pero no en su interpretación, lo que no es raro, ya que como en la genética, no se sabe a ciencia cierta cómo deberíamos leer estos resultados.

Me fijé en las pulseras y aplicaciones cuantificadoras cuando proclamaron ser capaces de monitorizar el sueño. Ya tenía algunos conocimientos científicos sobre el tema y sabía que si la monitorización es medianamente precisa podía aportar una información valiosa sobre la calidad del sueño del usuario. Mi mayor sorpresa fue ver que casi nadie hablaba de esto. Al menos en los blogs en español, nadie se había molestado en buscar una explicación exacta a cómo la pulsera mide nuestras fases de sueño ni cómo debemos interpretar los resultados. La mayoría de aplicaciones ni siquiera se molestan en dar un pequeño tutorial.

Hace unos meses compré una pulsera cuantificadora barata (el modelo MiBand) e hice varias pruebas conmigo mismo y con la gente de mi entorno. Con todos los resultados he podido crear esta Guía de supervivencia para leer la pulsera de sueño. En este primer capítulo hablaremos del mecanismo que usan la pulsera y la app para estimar nuestro sueño, y en el segundo y último capítulo compararemos diferentes registros de sueño y aprenderemos a estimar la calidad del mismo.

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La pulsera MiBand, una de las pulseras más baratas que aseguran poder medir el sueño.

Así que vamos a la pregunta importante: ¿Qué está leyendo esta pulsera? ¿Realmente es el sueño?

Esa fue la primera pregunta que me vino a la mente al ver la pulsera (y también es la primera pregunta que me hace la gente al verla). Las pulseras y las aplicaciones de móvil no miden las ondas cerebrales, sólo el movimiento. Pueden detectar los giros que hacemos en la cama al dormir y los pequeños espasmos que nos dan a lo largo de la noche, y con esta información realizar una aproximación sobre el sueño de la persona. Esto no es para nada nuevo, si alguna vez visitamos un laboratorio de sueño en un hospital veremos que hay una cámara apuntando a la cama. Esta se encarga de registrar el movimiento del cuerpo y los cambios de postura que realizamos mientras dormimos. Estos aparatos por tanto se encargan únicamente de detectar los movimientos y grabarlos.

Además, la idea de usar una pulsera con estos fines también es antigua. Desde 1996 existe un tipo de pulsera reloj capaz de medir las pulsaciones cardiacas y el movimiento, realizando una estimación de la calidad del sueño y permitiendo realizar estudios con muchos voluntarios desde sus propias casas. Las pulseras cuantificadoras no llegan ni de lejos a los niveles de precisión de estos relojes, capaces de interpretar muy pequeños espasmos y cambios de postura mínimos, tienen un precio aproximado de 600 euros.

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El reloj Philips Actiwatch Spectrum, capaz de medir el sueño con precisión gracias a sus sensores. Se usa en estudios científicos.

En los estudios sobre el sueño, han sido muy valiosos los electroencefalogramas (o EEG). Mediante un EEG podemos registrar la actividad cerebral de un voluntario dormido aunque implica conectarle un casco de ventosas en un hospital. Si lo hacemos, podemos ver que el sueño no es uniforme, sino que pasamos por diferentes fases de sueño durante la noche, alternando entre una actividad muy lenta y una actividad muy rápida (similar a la actividad cuando estamos despiertos), pasando también por otras fases intermedias. Por simplificar solo hablaremos de la actividad lenta, llamada sueño profundo o estadio IV, y de la actividad rápida, o sueño REM.

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Esquema de la evolución de las fases de sueño durante la noche. Fuente

En 1957 se publicó un estudio en el que medían estas fases de sueño realizando un registro EEG a varios voluntarios jóvenes. Además de las señales eléctricas del cerebro que obtenían gracias al EEG decidieron conectar sensores de movimiento en sus muñecas y tobillos para detectar los cambios de postura y pequeños espasmos que sufrimos al dormir. En este estudio comprobaron que mientras estamos en fase REM nuestro cuerpo se encuentra paralizado, y que los cambios de postura en la cama se suelen realizar durante el sueño profundo. Todas las pulseras cuantificadoras y aplicaciones móviles se basan en los resultados de este estudio para indicar, con más o menos exactitud, nuestro sueño.

Como hemos dicho, en la fase REM la actividad cerebral es muy rápida y similar a cuando estamos despiertos, siendo la fase en la que soñamos, para evitar representar nuestro sueño la corteza motora inhibe el movimiento del cuerpo, entrando en un estado de parálisis. En alguna ocasión, si nos despertamos de manera repentina puede que el mecanismo que paraliza nuestro cuerpo permanezca activo, provocando una parálisis temporal llamada parálisis del sueño. Como esto sucede durante la fase REM podemos mezclar el sueño y la realidad mediante alucinaciones, y se cree que esta es la principal causa de los testimonios de abducciones alienígenas y visitas de santos, ya que en bastantes ocasiones el testigo acaba de despertar y menciona síntomas parecidos (no lograr mover el cuerpo mientras hablan con su visión).

En la fase de sueño profundo el control motor se encuentra menos inhibido y podemos desplazarnos y cambiar de postura en la cama. No hay peligro de que intentemos representar con nuestro cuerpo lo que estamos haciendo en el sueño porque no estamos soñando, pero sí tenemos pensamientos recurrentes simples. Aunque la inhibición sea menor, aún seguimos lo suficientemente paralizados para impedir que nos “vayamos de paseo”. La falta de esta inhibición provoca el sonambulismo. Si alguna vez habéis visto a un sonámbulo, éste no representa nada que esté soñando, sino que se mueve bajo una idea e interactúa con el entorno.

En todo esto está la idea de la pulsera cuantificadora. Si nos movemos y cambiamos de postura supone que estamos en sueño profundo, y si nos quedamos quietos durante mucho tiempo lo considera sueño ligero. Pero aunque exista este estudio y su explicación, no todo es tan sencillo. La edad del sujeto y la calidad del sueño importan. El estudio del que hemos hablado se realizó con adultos jóvenes sanos. En caso de gente anciana el movimiento del cuerpo disminuye en todas las fases de sueño, mientras que en niños suele ocurrir al revés. Además, si tenemos algún trastorno del sueño (como apnea, insomnio o incluso si hemos ingerido alcohol antes de dormir) los patrones de movimiento pueden no coincidir con las auténticas etapas de sueño.

La semana que viene hablaremos de los trastornos de sueño más habituales, junto con varios ejemplos de la señal característica que obtendremos de una pulsera cuantificadora, y ya que estamos, como dormir algo mejor.

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