Ha llegado la hora. El doctor Jaak Panksepp baja al animalario y entra en la habitación llena de jaulas. Enciende el receptor de ultrasonidos (un aparato que recoge sonidos imperceptibles para los humanos y reduce su frecuencia hasta transformarlos en audibles) y se acerca a la jaula. El receptor empieza a recoger sonidos procedentes de los animales.

Son risas.

Abre la jaula y coge a una de las dos ratas que hay dentro. La rata ya sabe lo que le espera y ya está riéndose. Panksepp la tumba de manera delicada, acariciando rápidamente su tripa. La rata se queda inmóvil, incapaz de dejar de reír.

El doctor Jaak Panksepp estudia los efectos de las cosquillas en ratas.

Las cosquillas son un fenómeno curiosamente dual: a la mayoría nos divierte hacérselas a otros, pero todos odiamos recibirlas. Si has tenido hermanos o hermanas seguramente hayas entrado en uno de estos dos grupos, sin embargo, el mecanismo neurológico por el cual tenemos cosquillas es increíblemente complejo.

Como puedes deducir de las primeras líneas, las cosquillas no son exclusivas del ser humano, la mayoría de mamíferos pueden sentirlas. Como este fenómeno está tan presente en tantas especies animales los científicos que lo estudian creen que debe tener alguna importancia a nivel evolutivo. Es cierto que las cosquillas como tal son un incordio, y es difícil pensar en alguna circunstancia en la que puedan ser beneficiosas para un animal. Sin embargo, las apuestas se dirigen a que el hecho de tener cosquillas es un efecto colateral provocado por la habilidad de nuestro cerebro para predecir el futuro.

Al igual que podemos decir que los pulmones sirven para respirar, podemos pensar las funciones que tiene un cerebro en el cuerpo humano. Entre otras funciones, el cerebro está encargado de interpretar la información que nos llega del exterior y coordinar el cuerpo para responder en consecuencia. Dicho de otro modo, la principal función del cerebro es detectar peligros y alejarnos de ellos (o acercarnos a estímulos positivos).

Uno de los mayores logros del cerebro, incluido los más primitivos, es su capacidad de predecir el futuro para detectar peligros. Si vemos un puño moviéndose hacia nuestra cara somos capaces de predecir su dirección, y si tenemos reflejos, lograr esquivarlo. Ese ciclo de predicción y corrección es usado para cada acción de nuestra vida diaria, desde andar hasta llenar un vaso de agua.

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El acto de llenar un vaso de agua requiere una serie de predicciones por parte de nuestro cerebro. Si fallamos, el agua se derramará.

¿Pero qué sucede si no somos capaces de predecir algo? Algo impredecible se transforma a nivel inconsciente en un peligro potencial, lo que dispara una alerta en nuestro cerebro.

Si alguien comienza a acariciarnos de manera repentina (y en los animales sucede igual) sufrimos un pequeño instante de terror primitivo, provocado por el contacto corporal con otro objeto y por la idea subconsciente de una posible agresión. No empezamos a relajarnos hasta que la caricia se repite una y otra vez en la misma zona y nuestro cerebro genera una predicción exitosa de la misma. Como he dicho, predecir algo aporta seguridad sobre el evento y ante los sucesos lentos y repetitivos los humanos y animales entramos en estado de relajación.

En cambio, las cosquillas siguen un proceso diferente. Para hacer cosquillas debemos tocar una zona sensible de piel y hacer caricias rápidas e impredecibles. En ese momento el cerebro intenta generar predicciones sobre cuál será el próximo movimiento de los dedos, pero estas predicciones fallan continuamente. Ese caos aumenta la sensación de alerta e inseguridad, empezamos a agitarnos para librarnos del estímulo, y sufrimos un estado de nerviosismo extremo que en la mayoría explota con una risa nerviosa.

Por ese motivo no podemos hacernos cosquillas a nosotros mismos, ya que al ser nosotros los que generamos el movimiento de los dedos, podemos predecirlo sin ningún problema. Curiosamente, si utilizamos una máquina capaz de hacer cosquillas seremos capaces de sentirlas pero con menos intensidad que si nos la aplicase otra persona, ya que aunque manejar la máquina nos aporte cierta seguridad no logramos predecir del todo su comportamiento.

 

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Tanto los animales como los humanos disfrutamos de las caricias y huimos de las cosquillas.

Existen enfermedades y estados en los que nuestros mecanismos para percibir la realidad sufren fallos, provocando como efecto secundario la capacidad de hacerse cosquillas a uno mismo. Un estudio mostró que si nos despertamos durante la fase REM (es decir, justo después de soñar) existe un pequeño periodo de tiempo en el que podemos realizarnos cosquillas, ya que nuestro cerebro tarda en hacer el cambio entre el sueño y la realidad. También se ha comprobado que los pacientes esquizofrénicos son capaces de hacerse cosquillas a sí mismos, debido a los fallos de contacto con la realidad que sufren debido a su enfermedad.

A pesar de que desaten un estado de alerta, las cosquillas pueden ser un buen mecanismo desestresante. No tanto por las cosquillas en sí, sino por el momento de relajación posterior. Volviendo al doctor Jaak Panksepp, sus investigaciones demostraron que sesiones diarias de cosquillas disminuían las hormonas implicadas en el estrés en comparación a los animales que no las recibían.

Si lograste acabar este artículo sin intentar hacerte cosquillas a ti mismo, aquí tienes tu premio: un vídeo de la investigación de Panksepp. Seguramente ya llevas un rato pensando cómo se ríe una rata.

Está claro que ver a los animales sufrir cosquillas como nosotros hace darse cuenta de que quizá no estemos a tanta distancia evolutiva de ellos como creemos…

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